Ministerio de Educación

Ciudadanos del Cielo

Un título que el mundo no te puede dar

Hoy en día, los niños y los jóvenes crecen con una presión enorme sobre los hombros. Parece que la vida es una carrera para acumular diplomas, medallas y honores académicos, como si eso fuera lo único que define el éxito. Sin embargo, hay un reconocimiento que va mucho más allá de cualquier título universitario y que el tiempo jamás podrá borrar: la hermosa certeza de saber que somos ciudadanos del cielo.

¿Qué significa educar de verdad?

A veces pensamos que educar es solo llenar la cabeza de datos, pasar exámenes y preparar a alguien para conseguir un buen empleo. Pero la verdadera educación hace algo mucho más profundo: abraza al ser humano por completo y, en lugar de solo informar la mente, transforma el corazón.

Se trata de buscar un desarrollo equilibrado en todas las áreas de la vida:

El Cuerpo

Mantenerlo fuerte y sano para poder ayudar a los demás.

La mente

Desafiarla a pensar por sí misma, con criterio y claridad.

El espíritu

Nutrirlo cada día a través de una relación real y viva con Dios.

El único pasaporte para la eternidad

 

Elena G. de White lo resumió de forma hermosa en su libro La educación, al notar que educar y redimir son, en el fondo, la misma cosa. Esto nos recuerda que el mayor logro de un estudiante no se imprime en un cartón para colgar en la pared; se graba directamente en su carácter.

¿Por qué este es el logro más grande de todos?

Porque no vence: Los aplausos del mundo se apagan, pero la ciudadanía celestial es para siempre.
Nos da identidad: En una sociedad que vive de las comparaciones y las redes sociales, recordar que «nosotros somos ciudadanos del cielo» (Filipenses 3:20, NVI) nos da una paz que ningún estatus social puede comprar.
Nos mueve a actuar: Quien se sabe ciudadano del cielo no vive para que lo sirvan, sino para poner sus talentos al servicio de los demás.

"En comparación con el valor de las cosas eternas, lo demás es de importancia secundaria" (La educación, p. 145).

Una invitación a mirar más alto

Este es un llamado para cada estudiante, papá, mamá y educador: miremos un poco más allá del día a día. No nos conformemos con una excelencia que solo sirva para el salón de clases o el currículum. Busquemos esa sabiduría que empieza al reconocer a Dios como la fuente de todo y que tiene como meta final reflejar Su amor en el mundo.